Muchos Estados se atribuyen un sistema democrático asentado sobre elecciones con sufragio universal. Pero no lo tienen y lo saben.
La forma en que se eligen los cargos representativos del pueblo, “the people”, tiene muchas variantes pero en los Estados que abrazan (o achuchan) la democracia como sistema se impone el sufragio, de facto, censitario. Cribado, no absoluto.
Sufragio censitario: tú sí, tú no…
Lejos queda el sufragio censitario basado en dar el derecho a voto a quienes tuvieran un cierto nivel de renta o patrimonio. Pero, como sucede en España, o apareces en el censo electoral, o ni puedes votar (sufragio activo), ni puedes ser elegido (sufragio pasivo). Además, debes formar parte de un partido político ya representado, de una lista para presentarte a ciertos comicios. Doble censo. Ser elegible y ser “de los nuestros”. O ser capaz de recoger firmas a tutiplén. ¿Y cómo entro en el censo electoral? Si eres menor, no entras. Estás fuera.
Sufragio universal: un derecho sin peros…
En estas, llevo años predicando por el voto universal real y las listas abiertas. Es decir, que toda persona disponga de un voto, independientemente de su edad, procedencia, raza, sexo, formación, creencias o condición social… Dicho así suena bien a todo el mundo, pero no tardan en surgir los “pero…”.
Rebatir los argumentos que se me lanzan para replicar es acceder a que tienen alguna validez de fondo, cuando no la tienen. Me explico.
Si alguien me dice: “pero, ¿y los niños?”, suelo contestar que los niños también, claro, que son seres humanos, habitantes y que lo lógico, lo justo, es que tengan el mismo derecho al sufragio que todos los demás. Inmediatamente surge otro “pero”… “pero, ¿la madurez para votar?”.
La madurez para votar es algo que usaban los reyes contra la capacidad de sus nobles, los nobles y gentes de posibles contra los pobres, los supremacistas contra otras razas y los machistas contra las mujeres. Pero en todo este tiempo, en dos siglos y pico en algunos territorios, a nadie le ha dado por poner un examen para demostrar si tenemos madurez para votar. Quizá es para evitar que viéramos que suspendían muchos de esos señores tan ilustres y tan sabios que supuestamente decidían por el bien de todos.
Así que puestos a que nadie pasa un examen, ¿por qué no se les da a todos los ciudadanos el derecho al sufragio? Sí, también a todos los menores de edad.
En esta fase de la conversación, y descartando bebidas espirituosas que todo lo nublan, suele surgir lo que llamo: “argumentos operativos contra el voto infantil”… tipo:
“¿Cómo va a votar un bebé de un año?” Pues igual que hereda o compra y vende, para eso tiene tutores si es necesario. “Y si no llegan a la urna”, Se les eleva, igual que les elevan a pilas bautismales.
En paralelo suele surgir una profunda preocupación por el resultado de elecciones si todos los ciudadanos votasen.
“Pero si votan por él, al final votan los tutores…” Este argumento es curioso, porque con los demás ciudadanos raramente se cuestiona la independencia del voto. Si acaso algunos comentarios respecto a gente mayor, dependientes o en general miembros de ciertas familias. Como si la dinámica de votar de cualquier otro ciudadano, no se viera influida por el entorno. Hasta comidas de empresa se han montado para asegurar que los trabajadores supieran qué votar. Si son menores y sus tutores votan por ellos, por lo menos votan. Ahora no tienen derecho a hacerlo.
“Pero si votan los menores, lo mismo gana cualquier idiota…” Claro, porque ahora sólo están ganando elecciones la representación más culta y capacitada de cada sociedad mundial (es ironía). Si acaso hemos visto a lo más florido del abanico. Con lustrosas excepciones, que se suelen intentan manchar un poco para igualar al resto. Si en unos decenios repasa esto nuestra infancia, que mire quiénes habían ganado elecciones, referéndums y pseudoelecciones por medio globo y qué hicieron en sus mandatos. Para dónde tiraron, a quiénes contentaban.
La política ya está infantilizada, lo que toca es universalizarla
A qué tenemos miedo, ¿a que gane Bluey o Mickey Mouse, o que gane unas elecciones cualquiera que les ofrezca una PlayStation? ¿o que pidan que la monarquía sea rotatoria y pueda tocarles ser rey, reina, príncipe o princesa? ¿o que haya que empezar a pensar en los menores como votantes y ofrecer políticas que les capten?
Ese tipo de reflexiones sobre el “Qué pasaría si le damos un derecho a estas personas…” atrofian el derecho. De momento, lo que sucede es que se nos quita un derecho durante buena parte de nuestra vida y la explicación de por qué, es al menos muy difusa. No tendría ni que justificar que quiero ese derecho. Como no justificamos el derecho a la salud o la vida argumentando para qué la quiero o qué voy a hacer con ella. Y nos dicen que no nos preocupemos, que cuando tengamos la edad legal ya entonces sí. O más bien, que da igual.
Crían como conejos, el concepto
Uno de los argumentos que más me llaman la atención, son los de cálculo político. Por épocas en los inicios democráticos calaba la idea de que “los pobres” (clases más bajas) tenían menos cultura y muchos más hijos. Su derecho estaba condicionado. Suficiente que se consiguió el derecho al sufragio como para andar reclamando 6 votos más para su infancia. En otros tiempos, grupos con tinte religioso o pseudoreligioso han asumido esa etiqueta de tener mucha descendencia. Lo curioso es que si sacas este tema con diferencias de varios años, el argumento oscila. “Si le das el voto a los menores, se benefician esos…” Pero recordemos, un derecho es un derecho. Enfocarnos en qué podría pasar universalizando el sufragio, es olvidar todo lo que pasó, pasa y pasará con votantes “adultos”.
A mi juicio, el por qué no tenemos sufragio universal real nos acerca mucho a otras batallas por los derechos civiles. Hay que andar explicando por qué debemos garantizar a todos un derecho que deberían tener y no tienen. Y esperar que en el proceso no afloren muchos “peros” que nos retraten, para mal, como sociedad.
La pregunta no es qué pasaría si les damos el derecho a sufragio a los menores, para mí la pregunta es qué pasará, en países cada vez más envejecidos, si no empezamos a pensar realmente en ese grupo demográfico como electores.
Como sucede siempre, no somos los únicos en pensar en estas cosas. Para una primera aproximación, sugerimos:
https://www.eldiario.es/catalunya/educacion/dejad-ninos-voten-participen_1_2667024.html
https://demos.co.uk/wp-content/uploads/files/OtherPeoplesChildren.pdf
https://en.wikipedia.org/wiki/Demeny_voting
https://ogaraycocheab.wordpress.com/2015/07/18/sufragio-restringido-todos-son-iguales-ante-la-ley/
Y además…

Este grabado del siglo XVI representa un animal fantástico con cabezas de diferentes animales que aparecen por su cuerpo. “¡Qué difícil es gobernar un Estado diverso!” viene a representar. Nuestra mirada tiene la tentación de centrarse en el animal. Ojo, no son humanos. Son animales. Necesitan ser pastoreados, domados, alimentados… Al fondo a la derecha aparece la clave. El grupito, variable por épocas y naciones, que considera su responsabilidad domar a la bestia al margen de la bestia. “No le vas a preguntar a esos bichos, claro, tira de las riendas”. Jefecillos securales y religiosos. O eso dicen.
Autor: Pieter van der Borcht, el Viejo. 1578. The difficult or ruling over a diverse nation.